lunes, 4 de junio de 2007

En la literatura

Me atropellaron. Caminaba pensativo en Karla cuando atravesé el Bulevar Institutos Tecnológicos sin fijarme en la circulación vehicular. Un camión de redila fue suficiente para arrojarme lejos de mi pensamiento, lejos de Karla, lejos de la vida.

Después de tanto haber insultado a Dios, lo más lógico era que no tenía pase automático de acceso para el helicón. Me había portado tan lacra en las iglesias y con los Testigos de Jehová que no merecía ni siquiera tocar la puerta de San Pedro.

- ¡Me vale madres!- pensé cuando descendía al averno.

Después de todo, nunca creí en el Paraíso, ni en la vida eterna, ni en los Reyes Magos, ni en la Divina Trinidad, ni en la virginidad de María... y mucho menos en Dios. En realidad nunca tuve que preocuparme por ninguna religión... pero si le tenía miedo al Diablo. Desde chavito tenía miedo de que estuviera escondido debajo de mi cama, en mi closet. Tenía pesadillas con él y saltaba de la cama para ir corriendo a los brazos de aquella mi desvelada madre.

Llegué al infierno.

Estaba Satanás sentado en su escritorio, pensativo. Parecía que trataba de resolver algo. En su mano izquierda (supe al fin que era zurdo) tenía un lápiz, con su mano derecha sostenía su barbilla en actitud intelectual, en pose pensativa. Parecía pensar en algo, en nada, en todo. En la mesa: una hoja blanca de papel.

Cuando llegué a su lado, vi de reojo el nulo contenido de la hoja, a excepción de un pequeño título que estaba en el encabezado. Decía algo que me causo risa: “POEMA DE AMOR”.

Empecé a carcajearme. Nunca pensé que el Diablo escribiera estas tonterías. No aguante las ganas y le pregunté:

- Disculpe Don Satanás, ¿qué escribe?
- Un poema de amor- me dijo desilusionado.
- ¿Y porque no ha empezado?
- Porque nunca he tenido musa- y se soltó a llorar.

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