lunes, 4 de junio de 2007

En la universidad

Las horas libres... ¿quién como estudiante no desea unas horas libres? ¿quién de la facultad de comunicaciones le gustaría que el profesor de Teoría de la Comunicación no llegara? ¿quién como estudiante de la preparatoria suplicaba a los cielos que no se presentara, en ningún momento, el profesor de trigonometría?... adoramos las horas libres.

El Diablo quería disfrutar una de esas horas libres que se presentan oportunamente durante el lapso del día.

En la universidad, en esas horas libres puede suceder de todo. Algunas parejas se aman, algunos perezosos duermen, algunos desesperados se van, los que son poetas escriben o declaman, los estudiosos conservan la mirada en los libros, los flojos ni siquiera se inmutan si hubo clase o no (suerte, creo yo, de holgazán). Pasa de todo y, a veces, pasa algo.

En una de aquellas horas libres, el Diablo llego en forma de estudiante a sentarse en el escritorio que esta designado a los catedráticos. Empezó a observar fijamente a su alrededor, a buscar algo que pudiera imitar. Ser haragán, poeta, desesperado, perezoso... ser un estudiante en horas libres.

- ¡Ya sé!- pensó el Diablo maquiavélicamente- ¡Voy a cantar una canción! ¿Cuál estará en boga?... ¡Ah, ya sé!... la de Shakira...

Silencio.

- ¡Maldita sea! ¡no me la sé....!

En realidad el Diablo no se sabía canción alguna... estar apartado de los hit-parade era un pecado dentro de una universidad, era estar apartado de la sociedad, de la vida misma y de la onda. Fuera Shakira, Maná o Ricky Martin, lo primordial era estar en contacto con la masa, con el gusto plástico o con la estética visual exagerada. Todavía faltaba una clase de semiótica pesada que tenía mucho que ver con los filmes de Scorcese y el escape era platicar de Derbez o de los Backstreet Boys con los compañeros de salón para ignorar a la bella profesora Kena.

- ¡Me largo... la vida de universitario es difícil!

Y el Diablo desertó.

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