Dos comadres chismeaban en la azotehuela de un vulgar edificio que tenia pintada una Coca Cola en uno de sus costados. Era una época de verano con un sol excelente para poder lavar la ropa que se había acumulado durante la semana, un viento suave y frío para no sudar como un cansado y fatigado forastero, un mediodía excelente para chismear, para bañarse con la manguera en el patio, para echar la hueva, para escribir las breves reflexiones con el Diablo... un domingo de esos que gustan.
- ¡Comadre, que le cuento!
- ¡Dígame, comadrita! ¿qué le sucedió?
- ¡Pos no mas que agarré a mi viejo con la fichera del 6! ¡estaban aquí en la azotea haciendo sus cochinadas!- dijo la comadre entre triste y enojada.
- ¿Y que hizo, comadre?
- ¡Nada, me escondí detrás de los tinacos!
- ¡Comadre! ¡Pobrecita de usted! ¿qué le dijo a su marido?
- Nada, no le hablo desde esa vez que lo agarre. Pero esa maldita bruja me las va a pagar: le voy a hacer brujería.
- ¡Ay, comadre, no diga eso! ¡esas son cosas del Diablo!
- ¡No me importa comadre! ¡Esa pinche vieja me las va a pagar!
La comadre estaba realmente molesta. Después de un tormentoso matrimonio de 25 años... ¿que se podía esperar del marido infiel? ¿Qué se podía esperar de la bella prostituta que vivía en el 6? ¿Qué se podía esperar de una esposa fodonga y chismosa que chantajea? ¿Qué esperan ustedes?.
La comadre estaba haciendo su brujería, (en realidad en su vida había realizado un hechizo... ¡jamás hubo necesidad!). Había comprado un libro en el cual venían lo que parecían unos hechizos muy antiguos, algunos de ellos totalmente indescriptibles... El libro venia en un extraño lenguaje, no era zapoteca, azteca o ingles gavacho-pocho. Era un lenguaje antiguo.
Al leer aquel extraño libro e invocar las palabras de sus páginas, no sucedió nada... la bella prostituta seguía en el 6, su marido seguía con la prostituta... pero el Diablo de apareció y mato de un susto a la comadre.
¡Hasta que te encuentro, Mi querido Diario!- y el Diablo se marchó feliz.
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