Era hermosa, casi perfecta antes de que la descubriera. La encontré en el muelle con un cigarro en la mano izquierda y una sonrisa en la boca. La abordé.
Platicamos unos minutos, caminamos unos mas y entramos al hotel. Esa figura pálida danzante iba ante mí, caminando por los pasillos sucios de aquel hotel barato... parecía pensante, irradiaba un flaqueza espiritual y una algarabía de ensueño. Volteaba a verme y me sonreía: me incitaba con sus caderas ondulantes. Estaba estupefacto.
Entramos a la habitación, ella se sentó en la cama y yo fui a orinar al baño para prevenir futuros accidentes. Salí emocionado, dispuesto a mostrar mi hombría. Ella con su dedo anular me pedía que me acercara, mientras sus labios humedecía con su lengua de fuego. Mas de repente... salté sobre ella y la empecé a notar incomoda, mis brazos la apresaban y ella trataba de liberarse, rehusaba de mis labios hasta que me dijo sonriente:
- Espera... ¡tranquilo! ¿cuál es la prisa?...
Lentamente empezó a desnudarme con lentitud y cautela. Al ver mi pecho quiso quitarme el pentagrama que me regalo mi abuela.
- A ver... quítate esto, por favor ¿si?- Me dijo sonriente.
- ¿Por qué?... no pasa nada – le dije.
- Es que esto es del diablo y me incomoda.
Salte espantado de la cama y le pagué para vestirme rápido y salir corriendo. Ella me detuvo con una pregunta:
- ¿Por que te vas? ¿qué sucede?
- ¿Realmente te afecta que porte este pentagrama?
- Si...
Fue entonces que no he vuelto al muelle por el temor de no volverme a topar con el diablo; porque aunque muchos no lo saben, ese pentagrama fue el que me salvo la vida esa noche.
sábado, 2 de junio de 2007
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