martes, 12 de junio de 2007

En la cantina

¿Alguna vez se ha preguntado usted como se vería Satanás ebrio? Yo nunca me lo había preguntado. Pero un día de esos (los menos inesperados) estábamos los amigos en el malecón disfrutando de las cervezas, de las mujeres que están en calidad de meseras, de la amena charla, de mis poemas y de las experiencias que nunca faltan por contarse. En esa cantina “maleconera” se disfrutaba también de ricas botanas de mariscos y carnes rojas. Se podía oler la brisa mezclada del río y la refinería.

Ya tarde, como a las 3:00 de la mañana, un inesperado inquilino de todos nosotros se apareció por la puerta: ¡Era el Diablo! ¡el Diablo en persona estaba en una cantina de Minatitlán! ¡Maldita sea! ¡Me estaba orinando del miedo! ¡Cruz! ¡Cruz! ¡que se vaya el Diablo y que venga Jesús!. Todos en la cantina estábamos estupefactos, los que pudieron salieron corriendo, los demás se escondían, las meseras se quedaron mudas, los que estaban tomados se les bajo de volada... yo, finalmente me oriné.

- Buenas noches- dijo el Diablo.

Silencio. Satanás comprendió que nadie le iba a ofrecer nada. Solo se dispuso a sentarse en la mesa cuatro y pidió con una seca voz:

- ¿Me traen una cerveza, por favor?

No recuerdo quien le llevó la cerveza que Satanás había pedido. Pero por si las dudas el dueño, quien estaba en la barra, dio órdenes de que le dejaran los cartones de medias que quedaban. Todos lo estábamos mirando asombrados de tenerlo en Mina y en una cantina “maleconera”.

Estuvo sentado por mucho rato, dando sorbos pequeños a la cerveza. Todos (incluyendo al dueño, al barman y las meseras) fuimos saliendo sigilosamente hacia nuestras respectivas casas y dejamos a aquel ente del mal solo.

Es por eso que nadie, ni yo que estuve ahí, ni siquiera los que se lo pregunten, han visto jamás al Diablo ebrio

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